¿Quién podrá defendernos?

Todos los ecosistemas fuertes de innovación son liderados por universidades. Claro, quizás esto parece obvio, trivial o una conclusión poco brillante, pero la declaración en sí, si lo evaluamos con detenimiento y reflexión, es de suma importancia al momento de decidir el futuro económico de una sociedad.  Sin planificarlo, las experiencias de la vida me han llevado a estudiar los factores que promueven estos ecosistemas en otras partes del mundo. He leído numerosos documentos sobre el tema, he visitado universidades como Stanford y Arizona State University en el pasado año y he tenido la oportunidad de conversar con profesionales en y fuera de Puerto Rico.

Hace dos años atrás en una conversación con el profesor puertorriqueño Louis Martin-Vega, Decano de Ingeniería de North Carolina State University, me mostró cómo importantes inversiones en la universidad por el gobierno, empresas y exalumnos combinados por una visión clara de convertir la región en un motor de oportunidades empresariales transformaron su mohosa estructura y llevaron la institución y su región a lo que son hoy. La conversación concluyó en que esta transformación económica en ciudades o comunidades usualmente es dirigida por las universidades que allí se encuentran ya que las mismas se convierten en pequeñas fábricas de innovación a través de la investigación científica y talento proveniente de programas educativos que fomentan el emprendimiento, el liderazgo y la creatividad. Ese “click” que cambia el paradigma universitario usualmente lo provocan las crisis y lo ejecutan los más brillantes estrategas con capacidad decisional en la universidad.  Así pasó en Raleigh hace unas décadas.

En los pasados años se ha creado un alto interés en desarrollar una economía del conocimiento, una cultura de innovación y emprendimiento centrada en la tecnología aquí en Puerto Rico. Estas son excelentes noticias pues finalmente se han llegado a consensos en múltiples esferas de la gobernanza puertorriqueña sobre este tema que en el pasado dificultaban la toma de decisiones y el desarrollo de estrategias coordinadas. Por supuesto, de la palabra a la acción hay un largo trecho. Podremos estar de acuerdo todos pero a la hora de la verdad si no se ejecutan las iniciativas adecuadas el status quo seguirá operando.  Los que perpetúan el status quo son por ejemplo los que ven la investigación como un pasatiempo, los que ven la enseñanza y la investigación como dos cosas separadas, los que gobiernan y toman decisiones sin consultar con científicos, los que {inserte aquí tus frustraciones como investigador}.

En Puerto Rico, el gran responsable de que la palabra no llegue a la acción es la Universidad de Puerto Rico. Y la razón es bien sencilla: a pesar de tener todos los activos para convertirse en un centro de investigación e innovación de alto calibre a nivel mundial todavía no ha entendido a cabalidad su importante rol en este ecosistema y se distrae consistentemente de problemas existenciales que en otras partes del mundo ya subsanaron. Claro, se escuchan voces de apoyo.. pero en su mayoría atado a cero inversión. Se oyen discursos poéticos sobre la importancia de la investigación en la universidad y de lo importante que es para el desarrollo económico de Puerto Rico, pero se recortan los programas y fondos que apoyan estas actividades, se saturan a los profesores nuevos con cursos truncándoles así sus posibilidades de someter propuestas, se le añade más burocracia a los procesos administrativos, etc.  Lo triste de todo es cuando se escudan estas acciones con el inmovilismo que provoca la realidad de la crisis económica en vez de buscar soluciones que aumenten la productividad en investigación que a la larga crea oportunidades para salvaguardar las finanzas públicas.  Ninguna universidad que emprende en la investigación científica por más loable que sea la acción lo hace para perder dinero.

Lo increíble es que en los lugares más inhóspitos puede surgir vida. Profesores que en esta marea de distracciones y obstáculos, siguen publicando, sometiendo propuestas y educando a los nuevos profesionales a través de la investigación. Hay esperanzas. Y hay que incentivar a los que han tomado esta ruta.

Uno pensaría que una persona cuerda, sensata y conocedora de la actividad y administración de la investigación que tenga poder decisional en una estructura universitaria lucharía por proteger estos activos por el bien del futuro de Puerto Rico.  Hago esta reflexión porque la lucha requiere líderes que faciliten la comunicación y la ponderación sosegada en búsqueda de soluciones a estos problemas. Algún héroe (o héroes) debe despertar el gigante dormido (UPR) y ayudarlo andar en la dirección adecuada, con prontitud y a paso firme.

¿Podrá ser el Science Trust ese líder externo y neutral que ayude a arrancar a la Universidad? El Trust está muy ocupado con la euforia que provoca el downstream del pipeline en crear esta nueva economía, como nueva infraestructura (en su gran mayoría centralizada en San Juan), los clinical trials, Parallel 18, etc., que son importantes iniciativas y avances. En mi humilde opinión estos esfuerzos quijotescos parten de la premisa de un pipeline coherente y maduro para crear prospectos en masa (e-teams, patentes, investigaciones) a beneficiarse de esos espacios y programas cuando la realidad es que el flujo que sale por ese “tubo” es bien bajo y se ha mantenido así por tanto tiempo.  El pipeline continúa desarticulado y disfuncional.

No se equivoquen conmigo, el Trust posee un equipo de trabajo del mejor calibre y están igualmente apasionados por crear cambios en Puerto Rico.  Tengo muy buenas relaciones con su equipo y contarán conmigo hoy y siempre. Sirven de enlace entre grupos, provocan discusiones y colaboraciones, aportan de sus fondos para incentivar la investigación y conocen bien de cerca los problemas que aquejan a los distintos componentes del creciente ecosistema. Mi percepción es que los objetivos del Science Trust se lograrían con menor inversión si se invierte tiempo y esfuerzo en fortalecer el upstream del pipeline, en revisar y proponer cambios a la política pública y las reglamentaciones universitarias y en invertir agresivamente en los programas existentes y autóctonos impulsando la economía del conocimiento y la innovación. El Trust podría ser ese “champion” que le cante las verdades a quien sea por el bien de la investigación. Y obligaría a todos a pasar de la conversación a la acción.

Entonces, ¿cómo solucionamos este problema? En mi próxima entrada al blog ofreceré mis propuestas.

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